Por: Lord Omni Blessed Rivas Ibargüen
El departamento del Chocó ha sido históricamente uno de los más olvidados de Colombia, y hoy enfrenta una crisis multidimensional que refleja décadas de abandono estatal. Según cifras recientes, la pobreza monetaria en la región alcanzó el 38,6% en 2022, y el desempleo y la informalidad laboral siguen siendo de los más altos del país. A esto se suma la violencia: entre enero y septiembre de 2025, el Chocó fue uno de los departamentos más afectados por el conflicto armado y la violencia generalizada, con restricciones a la movilidad y ataques contra la población civil. Además, el Hospital San Francisco de Asís de Quibdó, el único de mediana-alta complejidad en el departamento, se encuentra en crisis permanente, con una ocupación cercana al 300%, desabastecimiento de medicamentos y alerta roja hospitalaria. En el ámbito educativo, la universidad pública del Chocó ocupa los últimos lugares en los rankings nacionales, lo que refleja la precariedad de la formación superior en la región.
Este panorama de pobreza, violencia, crisis hospitalaria y rezago educativo se combina con la frustración de ver cómo conquistas obtenidas con sacrificio durante el paro cívico han sido revertidas por el gobierno nacional. Aquí aparece la metáfora del Síndrome Stephen Candy: la actitud de quienes, a pesar de ser explotados y maltratados, siguen defendiendo y adorando al amo que los oprime. En el Chocó, este síndrome se refleja en sectores que promueven un supuesto “cambio” representado por figuras externas, mientras la población continúa siendo engañada, ilusionada y finalmente despojada.
El gobierno actual prometió mucho, no cumplió nada y, peor aún, nos quitó lo que habíamos conseguido con lucha y unidad. Esta contradicción entre discurso y realidad no puede seguir siendo aceptada con resignación. El Chocó necesita dejar atrás la dependencia de proyectos políticos ajenos y apostar por liderazgos propios, auténticos y comprometidos con la región.
En este sentido, es hora de mirar hacia lo nuestro, hacia quienes conocen la tierra y han vivido sus dificultades. Luis Gilberto Murillo Urrutia, paisano chocoano, representa una alternativa que encarna la posibilidad de construir desde adentro, con visión y compromiso real. No se trata de seguir esperando soluciones externas que nunca llegan, sino de asumir la responsabilidad de escoger líderes que comprendan la magnitud de nuestras necesidades y trabajen por ellas con dignidad.
Conclusión
El Chocó no puede seguir siendo un territorio de promesas incumplidas y esperanzas frustradas. Es tiempo de superar el “síndrome” que nos ata a quienes nos explotan y de levantar la voz con fuerza y unidad. La historia nos ha demostrado que cuando el pueblo chocoano se organiza, logra conquistas importantes. Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa conciencia colectiva y apostar por lo nuestro.
El futuro del Chocó no está en manos ajenas: está en nuestras manos, en nuestra capacidad de elegir con dignidad y construir un camino propio.

