Mujer, coraje y servicio: la historia de Helen Karina, un ejemplo que nace en el Pacífico y protege en Bolívar.

Mujer, coraje y servicio: la historia de Helen Karina, un ejemplo que nace en el Pacífico y protege en Bolívar.

Por: Emilio Gutiérrez Yance.

La noche del 24 de diciembre de 2024 estaba hecha para la celebración. En muchas casas del país sonaban villancicos, las mesas estaban servidas y las familias esperaban la medianoche para abrazarse y brindar. Pero en una vivienda del municipio de San Martín, en el sur de Bolívar, la Navidad estaba a punto de convertirse en tragedia.

Las llamas comenzaron a devorar la casa con rapidez. El humo se extendía por el techo de zinc, las paredes crujían y una familia observaba, impotente, cómo el trabajo de toda una vida podía desaparecer en cuestión de minutos. Entonces apareció una figura vestida de verde oliva.

La patrullera Helen Karina Murillo Salazar corrió hacia el incendio sin detenerse a pensar demasiado. Junto a sus compañeros y con la ayuda de algunos vecinos se enfrentó al fuego hasta lograr controlarlo. Aquella noche no solo salvaron parte de la vivienda; también evitaron que las llamas se extendieran y que la tragedia fuera mayor.

Mientras muchas personas celebraban la Navidad, ella estaba allí, haciendo lo que decidió hacer con su vida: proteger a otros. Pero la historia de Helen Karina no comienza en ese incendio ni en las calles de San Martín. Comienza mucho más lejos, en un rincón del Pacífico colombiano donde la vida tiene otro ritmo y donde la fortaleza se aprende desde muy temprano. Comienza en Sivirú, un pequeño corregimiento del municipio de Bajo Baudó (Pizarro), en el departamento del Chocó.

Entre manglares, ríos y mar abierto, creció siendo la mayor de tres hermanos en un hogar humilde, pero lleno de valores. Como muchos niños de esa región, su infancia estuvo marcada por contrastes: la belleza exuberante de la naturaleza y las dificultades que durante años han golpeado a muchas comunidades del Pacífico colombiano.

La violencia que atravesó ese territorio dejó huellas profundas en quienes crecieron allí, fue testigo de cómo la tranquilidad de los pueblos podía romperse de un momento a otro. Quizá por eso aprendió demasiado pronto el valor de la calma, de la solidaridad y del cuidado entre vecinos.

En Sivirú todos se conocen por su nombre. Las tradiciones se celebran como una sola familia, especialmente durante el Festival del Coco y la Piangua, cuando el pueblo entero se reúne para recordar que, incluso en medio de las dificultades, la comunidad sigue siendo el mayor refugio.

En su casa, las enseñanzas no llegaban en discursos largos. Llegaban con el ejemplo. Su madre, Florinda Salazar Asprilla, ama de casa, le enseñó la paciencia, la empatía y la importancia de mirar a los demás con compasión. Su padre, Feliz Rufino Murillo Valencia, maestro de obras, le mostró que todo lo que se construye con trabajo, constancia y disciplina puede sostenerse con dignidad.

Entre esas enseñanzas silenciosas fue creciendo una idea que con los años se convertiría en propósito. Hace siete años tomó una decisión que cambiaría su vida: ingresar a la Policía Nacional, no fue un impulso ni una casualidad, fue una elección consciente. “Quería ayudar y proteger a mi comunidad, ser un ejemplo y demostrar que también podemos aportar a la sociedad”, recuerda.

Desde entonces, su vida ha estado marcada por la disciplina, el sacrificio y el servicio. Hoy tiene 28 años y presta su servicio en el municipio de San Martín, sur de Bolívar, donde lleva tres años trabajando con la comunidad. En total, su trayectoria dentro del departamento de Bolívar suma cinco años y tres meses.

Entre los manglares del Pacífico y las calles del Caribe hay más de mil kilómetros de distancia. Pero para ella ese trayecto también ha sido un viaje personal: el camino que la llevó de una infancia marcada por la violencia a una vida dedicada a proteger la tranquilidad de otros.

Ser mujer dentro de una institución que exige fortaleza física, carácter y capacidad de decisión implica enfrentar retos permanentes. Las jornadas son largas, las responsabilidades grandes y la presión constante. Pero hay otro desafío que pocas veces se menciona, la distancia.

Servir significa también estar lejos del hogar. Significa perderse cumpleaños, celebraciones familiares y abrazos que hacen falta. Hay días en los que la nostalgia pesa tanto como el uniforme que lleva puesto.

Sin embargo, ha aprendido a mantenerse firme. “Con disciplina y confianza en mí misma he logrado superar los retos. Cada experiencia me ha enseñado a mantener la calma, a trabajar en equipo y a demostrar con hechos mi compromiso con la institución y con la comunidad”.

Su trabajo no se limita a los momentos de emergencia. También se construye en los encuentros cotidianos: en las actividades con niños, en las charlas con jóvenes y en los espacios donde intenta orientar a quienes empiezan a tomar decisiones importantes para sus vidas.

Porque para ella el uniforme verde oliva no representa únicamente autoridad, representa confianza. “Me siento orgullosa cada vez que salgo a las calles y los ciudadanos me saludan con una sonrisa, porque saben que estoy allí para protegerlos y orientarlos”.

Su historia también ha dejado huella dentro de la institución. Durante una visita a la estación de Policía, el comandante del Departamento de Policía Bolívar, el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, vivió un momento especial al conocer su origen.

Años atrás había trabajado en el departamento del Chocó y, al saber que ella provenía de esa región del Pacífico, no ocultó la emoción que le produjo ese encuentro. Para él fue una gran alegría encontrar en el sur de Bolívar a una patrullera que lleva consigo la fuerza y la resiliencia de esa tierra donde alguna vez fue comandante.

Su motivación más profunda sigue estando en otro lugar, Está en su familia, en su historia, está en Siviru, porque cuando el cansancio aparece o las dificultades pesan, vuelve a pensar en ese pequeño pueblo donde los ríos se abren paso entre los manglares y donde aprendió, casi sin darse cuenta que servir a los demás también es una forma de honrar la vida.

Hoy, en el Día Internacional de la Mujer, piensa en las niñas que crecen en lugares como el suyo. Niñas que sueñan con un futuro distinto, aunque todavía no sepan con claridad cómo alcanzarlo. A ellas les deja un mensaje que nace de su propia experiencia: “No importa los obstáculos que encuentren en el camino. Con disciplina, dedicación, buenos principios y esfuerzo es posible alcanzar los sueños y cumplir las metas”.

Detrás del uniforme verde oliva hay muchas historias. Historias de mujeres que dejaron su hogar, enfrentaron desafíos y decidieron dedicar su vida al servicio de los demás, la de Helen Karina Murillo Salazar es una de ellas, es la historia de una mujer que aprendió, desde muy temprano, que la verdadera fortaleza no está solo en enfrentar el peligro. También está en tener el valor de cuidar a otros, incluso cuando nadie está mirando.